El espacio de Alba Llanes
  El placer de las Parcas
 

El placer de las Parcas.

 

(Divertimento)

 

        El día en que nacieron las Parcas, nadie en el Olimpo se enteró.

 

        Marte programaba en su computadora el próximo satélite militar y, simultáneamente - le había dado por imitar al futuro Julio César -, una guerra entre los feacios, una visita al Pentágono, la Séptima Cruzada y el Holocausto Nazi.

 

        Zeus, por su parte, se disponía a conquistar a la Medusa Gorgona (que aún no había perdido su cabeza a manos de Perseo). Se habrán imaginado ya que su pretensión no era desposarla. Sólo quería que lo ayudara a seducir a Dánae.

 

        El día en que nacieron las Parcas, nadie en el Olimpo se enteró.

 

        Premonitoriamente - ya verán por qué, señores míos,- Iris, la mensajera de los dioses, se torció su alado pie derecho, y a Hermes se le perdieron unos importantes documentos oficiales, en el pandemonium de su escritorio de incansable exégeta de voluntades divinas.

 

        El día en que nacieron las Parcas, nadie en el Olimpo se enteró.

 

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        El romance de Zeus con Alcmena sumió a Hera en una profunda depresión: abandonó sus actividades de ama de casa olímpica, y comenzó a pasarse el día mirando estúpidamente las estrellas. Ni siquiera le importaba que las Parcas, ya creciditas, se enredaran en sus faldas cada vez que jugaban a la mancha.

 

        Por lo demás, las chiquillas eran obsequiosas: enzarzadas en sus infantiles juegos, no parecía que les importara demasiado la presencia de la diosa, pero bastaba que ésta hiciese el más mínimo movimiento, para que aquellas corrieran a su lado y clavaran sus ojillos inquietos en la augusta faz de la hija de Cronos. Realmente estaban pendientes  de sus actos.

 

        Muy pronto comenzaron a prestarle pequeños servicios. La entretenían contándole los chismes que circulaban por los corrillos del Olimpo. Lograron, inclusive, que  jugara con ellas al tatetí, y volviera a mirar la telenovela de las siete de la tarde, aunque luego los empleados de la farmacia rabiasen, cuando la diosa se presentaba a la hora de cerrar, con el fin de comprar analgésicos para sus dolores de muelas. Como la mala cara de los susodichos sumía, a la diosa, en el más profundo desconsuelo, las Parcas se ofrecieron para sustituirla en sus habituales viajes medicamentosos. De esta forma, Hera veía tranquilamente la telenovela, las pequeñas compraban temprano las aspirinas, los empleados estaban felices, y todos comían perdices.

 

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        La eficacia del accionar de las Parcas se puso en evidencia el día en que Zeus dio a Hermes el famoso ultimátum: los documentos extraviados quién sabe cuándo tenían que aparecer sí o sí; de lo contrario, iba a terminar como sapo en horno. Ni Hermes, con todas sus habilidades hermenéuticas, entendió qué significaba la frase, pero intuyó que se avecinaba tormenta. Desesperado, acudió a Hera.

 

Las Parcas, adolescentes ya, y casi en edad de merecer, dijeron entender la frase, y le ofrecieron sus servicios detectivescos. En menos de lo que se dice dos, hallaron los dichosos documentos. Inmediatamente quedaron contratadas. A partir de ese momento, los empleados de las oficinas del Olimpo vieron llegar, cada día a las siete de la mañana, las esmirriadas figuras de las tres. Previsoras como eran, habían contratado un servicio de mensajería para que a Hera no le faltaran sus analgésicos. Y a otra rosa, mariposa.

 

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        Fue allá, en los tiempos del romance entre Marte y Venus Afrodita, y de la testa cornamentada del cojo Hefestos. Cronos había comenzado a chochear - a veces ni daba la hora -. De tanto ir y venir, a Iris se le hinchaba el tobillo. A la Fama, por chismosa, le quebraron una de sus alas, con una certera pedrada. Ya nadie sabía en qué tiempo vivía. La comunicación comenzaba a tornarse en una especie de paraíso perdido, con querubines y Milton incluidos.

 

        Nadie sabe cómo se las arreglaron las Parcas. Lo cierto es que la pesada maquinaria burocrática del Olimpo echó a andar, y el Padre de los dioses, renuente siempre a cambios y modernidades, rubricó los correspondientes permisos. Un gigantesco reloj atómico apareció a la entrada del monte. La futura Internet casi fallece de envidia, ante la instalación del más sofisticado y efectivo servicio de telecomunicaciones, hasta entonces visto.

 

        El hinchado tobillo de Iris y el ala fracturada de la Fama, agradecidos; Cronos, jubilado. La parcadependencia se convirtió en el mal du siécle, la enfermedad de moda, el nuevo Atila de grandes y pequeños. Las Parcas eran las únicas que sabían manejar el complejo sistema computacional, y las únicas, también, que podían activar o desactivar, y dar mantenimiento al reloj de marras.

 

        En el despacho de las tres hermanas, las múltiples líneas habilitadas permanecían saturadas. Cloto, Láquesis y Átropos parecían multiplicarse bacterianamente para atender los innumerables pedidos de ayuda. A uno: "No te preocupes que todo va a salir bien"; a otro: "Deja eso que nosotros te lo hacemos en un ratito"; al de más allá: "Vete a descansar, nosotras nos encargamos"... El resto, ya pueden ustedes imaginárselo.

 

        Sólo faltaba la Historia.

 

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        Zeus rechazó un  proyecto presentado por Clío, meses atrás. Cuando las Parcas llegaron al Parnaso, los berridos de la Musa retumbaban en todo el monte. Apolo estaba en cama con una atroz jaqueca, y nadie sabía qué hacer.

 

        Por supuesto que la comprendían, fueron las primeras palabras que escuchó la afligida mujer. ¡Un proyecto no era cualquier cosa, fuese cual fuese su naturaleza! ¡Claro que conllevaba una gigantesca inversión de tiempo, de esfuerzo, de energías mentales! ¡Por supuesto que ella merecía una consideración mayor! En definitiva, hasta el momento, era la que llevaba el registro de la Historia.

 

        Una hora más tarde, las cariacontecidas habitantes del Parnaso vieron aparecer a la muy consolada Clío, acompañada de las sonrientes Parcas, que llevaban en mano un pequeño documento firmado.

 

        El proyecto había sido rechazado, explicó la Musa, porque ella no había empleado el adecuado lenguaje técnico que la nueva administración olímpica exigía. Las bondadosas Parcas se comprometían a obtener el beneplácito de Zeus para el mismo, después de haber sido corregido convenientemente. Con su habitual desinterés, le habían ofrecido la posibilidad de tomar unos cursos sobre la nueva semiótica, el nuevo diseño administrativo, y unos cuantos etcéteras que su mente no había podido retener. En relación con sus responsabilidades parnasianas, a pesar de sus múltiples ocupaciones, las hermanitas del vecino monte estaban dispuestas a encargarse temporalmente de las mismas. Primero el amor al prójimo, ¿no? y bla, bla, bla... Para evitar los contratiempos  de la burocracia, en relación con traspasos de cargos, sustituciones y otras yerbas,  Clío había firmado un documento mediante el cual cedía temporalmente su responsabilidad.

 

Durante largo tiempo, la ex musa  de la historia no se pudo explicar por qué el cronograma de los cursos se alargaba, y las exigencias para aprobarlos eran mayores. Tarde vino a darse cuenta de que los calendarios de estudio, los programas de estudios, los textos de estudio, todo, ABSOLUTAMENTE TODO, estaba controlado por las venerables Parcas. Para entonces, se había convertido en una especie de pieza arqueológica, en una modestísima empacadora de antiguallas, en la atestada trastienda de un almacén de antigüedades...

 

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        El día en que las Parcas tomaron el control de los hilos de la vida, nadie en el Olimpo lo notó. Hacia la época en que unos pocos comenzaron a darse cuenta, ya era demasiado tarde para reaccionar.

 

 

© Alba Lys Llanes. San Rafael, Mendoza, República Argentina. 1996

 

 
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